miércoles, 28 de noviembre de 2012

CONTEXTO HISTÓRICO LITERARIO-BÉCQUER



GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER (1836 - 1870): RIMAS

CONTEXTO HISTÓRICO–LITERARIO. AUTOR Y OBRA

1.    INTRODUCCIÓN

La obra poética de Gustavo Adolfo Bécquer debe situarse dentro del movimiento romántico. Sin embargo, cuando el poeta escribe sus Rimas (años 50 - 60), el Romanticismo, vigente durante la primera mitad del siglo, ya se considera acabado y comienza a desarrollarse un nuevo movimiento literario de naturaleza radicalmente opuesta: el Realismo. En consecuencia, puede decirse que Bécquer (como otros poetas contemporáneos: es también el caso de Rosalía de Castro) pertenece a una corriente poética posromántica dentro de la literatura española de la segunda mitad del siglo XIX.

2.    CONTEXTO HISTÓRICO-LITERARIO

El Romanticismo no es sólo un movimiento artístico y literario, es toda una forma de entender el mundo que se impuso en la cultura europea durante la primera mitad del siglo XIX (aunque tiene sus orígenes ya en el siglo anterior en el movimiento alemán conocido como  Sturm und Drang (“tormenta y pasión”), que protagonizan figuras como Goethe o Schiller). Surge en un momento de gran inestabilidad política: tras la Revolución Francesa, se enfrentan la aristocracia tradicionalista defensora del Antiguo Régimen y la burguesía liberal; al mismo tiempo, el desarrollo progresivo de la sociedad industrial capitalista acarrea grandes tensiones y transformaciones sociales, como la aparición del movimiento obrero. En este periodo de crisis surge el Romanticismo, que supone una reacción contra el pensamiento ilustrado dominante durante el siglo XVIII. Puede considerarse un movimiento de origen burgués, relacionado con el liberalismo por su exaltación absoluta de la libertad individual (si bien junto al romanticismo liberal existe un romanticismo conservador, que defiende los valores tradicionales del pasado para manifestar su rechazo frente al mundo moderno).

2.1.         EL ROMANTICISMO: CRISIS IDEOLÓGICA

El Romanticismo surge, pues, del conflicto del individuo con la realidad que lo rodea. El hombre romántico niega toda realidad ajena al propio yo, defiende el valor sagrado de su libertad individual y manifiesta su rebeldía frente a las normas establecidas; interesan, por encima de todo, los individuos concretos, pues cada hombre es único e irrepetible. Al mismo tiempo, se exaltan con pasión los sentimientos individuales y se desprecia la razón, incapaz de comprender un mundo misterioso y en constante cambio; se persiguen ideales absolutos (libertad, justicia, amor) para superar el conflicto con el mundo. El idealismo romántico conduce necesariamente, cuando el ideal se revela imposible, a la frustración y el desengaño: el tedio, el escepticismo, la amarga ironía o el nihilismo son actitudes habituales. En ocasiones, se opta por la huida de la realidad, en forma de evasión temporal (idealización del pasado, por ejemplo de la época medieval) o espacial (búsqueda del exotismo: es frecuente el interés por la cultura oriental o, incluso, por la cultura española entre los románticos europeos). En fin, la muerte, concebida como suprema liberación, es contemplada con temor y fascinación (el suicidio, por ejemplo, es una forma de evasión que algunos románticos adoptan: en literatura, Werther; en la vida real, Larra).

2.2.         EL ROMANTICISMO: CRISIS ESTÉTICA

En lo estético, se rechazan las formas neoclásicas, fundadas “en la Razón”. Al romántico no le sirven los cánones de aquella estética, y los desborda en nombre del citado poder creador del espíritu, al que nada debe contener, reprimir o limitar. Deja de interesar la “armonía”, el “equilibrio”, el “orden”, la “perfección” de las formas: se buscará su dinamismo, su intensidad expresiva y su fuerza sentimental; y se dará entrada a lo irracional, lo misterioso. Por encima de todo, el yo creador reclama una total libertad para volcarse en su creación. El Romanticismo es, en definitiva, una estética basada en el dramatismo y la intensidad y no en el buen gusto y la elegante contención.
En consecuencia, el desprecio de las reglas impulsa a buscar una expresión propia, natural y libre; así, se mezclan géneros (lírico y narrativo, trágico y cómico) y estilos (prosa y verso, noble y vulgar) en la misma obra. Los temas de la literatura romántica acabarán convirtiéndose en tópicos que se repiten una y otra vez: el héroe romántico, siempre en conflicto con las normas generales (jóvenes atormentados y soñadores; individuos solitarios, rebeldes, marginales: pirata, verdugo, don Juan); los ideales románticos (la libertad, la justicia y, sobre todo, el amor romántico, un amor apasionado que entra en conflicto con el orden establecido y finaliza trágicamente); la muerte y el destino trágico del hombre;  la naturaleza, de carácter simbólico, pues se concibe como la proyección de la subjetividad del artista (se insiste en escenarios característicos: la tormenta, el mar tempestuoso, las ruinas, los cementerios, la niebla, los paisajes nocturnos); lo misterioso, lo sobrenatural, lo fantástico, lo terrorífico (de acuerdo con el irracionalismo propio de la mentalidad romántica).

2.3.         EL ROMANTICISMO EN ESPAÑA

Como dijimos, en la primera mitad del siglo XIX el movimiento romántico alcanza su apogeo en toda Europa: Alemania, Inglaterra (Byron, Keats, Shelley), Francia (Víctor Hugo).  Sin embargo, en España las circunstancias históricas y sociales provocan que este movimiento sea tardío y débil. Por una parte, la represión ejercida por el régimen absolutista de Fernando VII (que provocó el exilio de numerosos intelectuales liberales) no permitió la implantación de las nuevas ideas en España hasta la muerte del rey (1833). Por otra parte, el retraso de la sociedad española con respecto a las sociedades europeas (la burguesía española aún era muy débil porque la industrialización todavía era escasa, de manera que la economía seguía siendo agraria con una mayoría de población rural) dio origen a un Romanticismo superficial e inconsistente. En cualquier caso, el movimiento romántico alcanza su máxima expresión en España entre 1835 y 1840, durante la regencia de María Cristina: tras la muerte de Fernando VII, triunfa el Liberalismo (los absolutistas acabarán siendo derrotados en la primera guerra carlista) y retornan los exiliados (Espronceda, duque de Rivas, Martínez de la Rosa), que han tenido un conocimiento directo del Romanticismo europeo. Es en estos años cuando podemos hablar en España de una auténtica literatura romántica.

Dentro de la poesía lírica, sobresale la figura de José de Espronceda, cuyos versos recogen todos los motivos propios de la sensibilidad romántica con un estilo grandilocuente y efectista (Canción del pirata), del todo opuesto al estilo sencillo y natural que, años más tarde, utilizará Gustavo Adolfo Bécquer. Por otro lado, se cultiva una poesía narrativa que relata sucesos históricos o legendarios y también acontecimientos inventados: El estudiante de Salamanca (sobre el mito de don Juan), de Espronceda; Romances históricos, de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas; leyendas, de José Zorrilla. 
     En cuanto al teatro, el drama romántico, que abandona todas las reglas del teatro clásico, insiste en los temas, personajes y ambientes característicos del Romanticismo; destacan obras como Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas, y la célebre Don Juan Tenorio, de Zorrilla.
 Por último, las formas representativas de la literatura en prosa son la novela histórica (El señor de Bembibre, de Enrique Gil y Carrasco; El doncel de don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra) y el costumbrismo, conservador (exaltación de la cultura tradicional y énfasis en lo más pintoresco: Ramón Mesonero Romanos) o progresista (crítica de la sociedad española, atrasada e inculta, y defensa de la modernización del país: Artículos de costumbres de Larra).

 GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER (1836-1870)
2.4.         BIOGRAFÍA
Fue hijo del pintor José Domínguez Insausti, que se firmaba Bécquer por unos antepasados suyos llegados a Sevilla desde Flandes. Nació en esta ciudad, quinto hermano de una familia de ocho varones y, siendo aún muy niño, quedó huérfano de padre y, poco después, también de madre. Fue recogido por su madrina, doña Manuela Monahay, una mujer muy culta. Después de tener que abandonar los estudios de Náutica que había iniciado en Sevilla, se trasladó a Madrid. Allí colaboró en diversas revistas literarias y pasó muchas penurias económicas y de salud. Se enamoró de Julia Espín y Colbrandt, el gran amor de su vida, pero sin ser correspondido. Se casó con Casta Esteban, con la que tuvo tres hijos, pero el matrimonio fracasó y se separaron, aunque se reconciliarían antes de la muerte del poeta. Bécquer consiguió algún trabajo estable, pero pronto fue cesado y continuaron sus muchos problemas. La muerte de su hermano Valeriano, con el que siempre estuvo muy unido, fue otro duro golpe para él. Murió prematuramente, rodeado de muy pocos, pero fieles amigos. Bécquer parece un hombre que hubiera nacido marcado por un destino adverso, bajo el signo de la carencia; por no tener, no tuvo ni tiempo de ver publicadas sus obras, ya que se editaron después de su muerte.
2.5.         BÉCQUER ENTRE DOS MOVIMIENTOS LITERARIOS

El reinado de Isabel II (desde 1843) se caracteriza por una gran inestabilidad política, debida a la constante lucha por el poder que mantienen liberales progresistas y moderados y a la permanente intervención de los militares en la vida pública. Durante estos años predomina el moderantismo en la vida política española, lo que supone un retroceso en las libertades. En este periodo histórico, en el que vive Bécquer, se impone la llamada forma moderada de existencia y el Romanticismo en España puede considerarse ya en decadencia. La literatura romántica, cada vez más tópica y convencional, se agota y va tomando forma un nuevo movimiento literario: el Realismo (la publicación en 1849 de La gaviota, de Fernán Caballero, puede considerarse un anticipo de la novela realista). La creciente insatisfacción con el régimen político establecido acabará provocando, dos años antes de la muerte de Bécquer, la revolución de septiembre de 1868 (“la Gloriosa”), en la que la unión de liberales progresistas, demócratas y republicanos (con el apoyo de las clases populares y de un incipiente movimiento obrero) pone fin al reinado de Isabel II. Siguen a la revolución el breve reinado de Amadeo de Saboya y la Primera República, antes de la Restauración de la monarquía en 1874.
     
         Si en el resto de Europa el Realismo literario se sitúa en la segunda mitad del siglo XIX, en España no se puede hablar de Realismo hasta la fecha de la revolución llamada La Gloriosa, 1868. Durante los siete años de gobiernos liberales y burgueses los autores sintieron el desencanto de esta revolución y por tanto el fracaso de la clase media. Por eso se da como fecha de inicio 1870, año en el que muere Bécquer (22 de diciembre) y en el que se publica La Fontana de oro de Galdós. A partir de la fecha “oficial” del inicio del Realismo publican sus obras Valera, Pereda, Clarín, Pardo Bazán…, pero algunos habían nacido antes que Bécquer y escriben en la misma época. Por tanto, nuestro poeta sevillano, nace cuando el Romanticismo ya se está agotando y muere en los albores del movimiento literario que presidirá las últimas décadas del siglo XIX. Su vida se halla en la encrucijada de estos dos movimientos y él, que había asimilado el espíritu neoclásico y conocía a los románticos europeos y españoles de la época, vive el cambio hacia el Materialismo que rechaza (recordemos la Rima IV: “No digáis que agotado su tesoro, / de asuntos falta, enmudeció la lira. / Podrá no haber poetas, pero siempre / habrá poesía”) y que fecundará tras su muerte, pero también evita los excesos retóricos de los románticos.

Por tanto, en cuanto a los temas es un gran romántico, muy próximo al Espronceda (1808-1842) atormentado, pero difiere de los románticos en el tratamiento de esos temas. Su poesía se caracteriza por una sencillez en su estructura, por la desnudez en el lenguaje, y por la carencia de toda ornamentación altisonante y retórica, tan propia y querida de los románticos. Las Rimas responden a una nueva concepción de la poesía en la que solamente deben permanecer los elementos poéticos. En consecuencia, su poesía se hace hondamente subjetiva; “frágil, alada y fugitiva” según calificación de Azorín. Su importancia es capital en la historia de la Literatura porque de Bécquer arranca la poesía contemporánea.

2.6.         LA POESÍA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX

En la segunda mitad del siglo, la poesía española supera, pues, definitivamente el Romanticismo retórico y superficial y evoluciona por caminos diversos.
Por una parte, puede hablarse de una poesía realista, de carácter conceptual (frente al sentimentalismo romántico, la poesía se considera un vehículo adecuado para la expresión de ideas); a esta corriente pertenecen tanto la poesía antirretórica de Ramón de Campoamor, caracterizada por el prosaísmo y la naturalidad de su lenguaje, como la poesía grandilocuente de Gaspar Núñez de Arce, de mayor preocupación formal y tono declamatorio.
Por otra parte, aparece una poesía que puede considerarse posromántica por su carácter intimista y sentimental; no obstante, estos poetas pretenden renovar el lenguaje característico del Romanticismo: frente al efectismo, buscan sencillez y naturalidad, una poesía breve y sustancial que sirva para sugerir lo inefable. En el desarrollo de este movimiento poético intervienen tanto la recuperación de la poesía popular, modelo de poesía breve y natural (por ejemplo, en la obra de Antonio de Trueba), como la influencia de la poesía germánica, apreciable en los intentos de adaptar al español la balada -breve poema narrativo y lírico-. En estos años se traduce repetidamente la obra del poeta romántico alemán Heinrich Heine: su tono melancólico y su lenguaje conciso sirven de modelo a numerosos poetas españoles de la época (la influencia de Heine es muy notable en las Rimas).

Lugar especial ocupa la excepcional poetisa gallega Rosalía de Castro (1837-1885), famosa por sus libros Cantares galegos (1863) en gallego, escrito en parte en Castilla, con añoranza de Galicia; Follas novas (“Hojas nuevas”, 1880), también en gallego, con sentimientos de dolor y desengaño; y En las orillas del Sar (1884), libro capital de la lírica castellana, que es una atormentada confesión de su intimidad. Se habla de influjos mutuos entre Bécquer y Rosalía, pero no están demostrados. El sevillano es más puro, más austero de medios expresivos. Como contrapartida, Rosalía ofrece una riqueza temática muy superior, no olvida el dolor ajeno, y es sensible a la Naturaleza.

En conclusión, podemos afirmar que nuestro poeta sevillano utilizó la razón (bandera del XVIII) para abordar los sentimientos, el amor (tema romántico por excelencia) desde unos postulados propios y originales. Sus teorías se encuentran en las Rimas I a la XI y la XXI, en Cartas literarias a una mujer, Comentario a La Soledad de Augusto Ferrán, Cartas desde mi celda y en La Introducción sinfónica.


CARTAS LITERARIAS A UNA MUJER
Es una verdad tan innegable que se puede elevar a la categoría de axioma, el que nunca se vierte la idea con tanta vida y precisión como en el momento en que esta se levanta semejante a un gas desprendido, y enardece la fantasía y hace vibrar todas las fibras sensibles, cual se las tocase una chispa eléctrica.
Yo no niego que suceda así. Yo no niego nada, pero por lo que a mí toca, puedo asegurarte que cuando siento no escribo. Guardo, sí, en mi cerebro escritas, como en un libro misterioso, las impresiones agrupadas en el fondo de mi memoria, hasta el instante en que, puro, tranquilo, sereno, revestido, por decirlo así de un poder sobrenatural, mi espíritu las evoca, y tienden sus alas transparentes que bullen con un zumbido extraño, y cruzan otra vez a mis ojos como en una visión luminosa y magnífica.
Entonces no siento ya con los nervios que se agitan, con el pecho que se oprime, con la parte orgánica materia. que se conmueve al rudo choque de las sensaciones producidas por la pasión y los afectos; siento, sí, pero de una manera que puede llamarse artificial; escribo, como el que copia de una página ya escrita; dibujo como el pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la bruma de los horizontes (...)
Todo el mundo siente. Solo a algunos les es dado el guardar, como un tesoro, la memoria viva de lo sentido. Yo creo que estos son los poetas. Es más, creo que únicamente por esto lo son.
(...) Si tú supieras cómo las ideas más grandes se empequeñecen al encerrarse en el círculo de hierro de la palabra; si tú supieras qué diáfanas, qué ligeras, qué impalpables son las gasas de oro que flotan en la imaginación, al envolver esas misteriosas figuras que crea, y de las que solo acertamos a reproducir el descarnado esqueleto; si tú supieras cuán imperceptible es el hielo de luz que ata entre sí los pensamientos más absurdos que nadan en su caos; si tú supieras... pero, ¿qué digo?¿, tú lo sabes, tú debes saberlo. ¿No has soñado nunca? ¿Al despertar te ha sido alguna vez posible referir con toda su inexplicable vaguedad y poesía lo que has soñado?
El espíritu tiene una manera de sentir y comprender especial, misteriosa, porque él es un arcano; inmensa, porque él es infinito; divina, porque su esencia es santa. ¿Cómo la palabra, cómo un idioma grosero y mezquino, insuficientes a veces para expresar las necesidades de la materia, podrá servir de digno intérprete entre dos almas?
Gustavo Adolfo Bécquer. Cartas literarias a una mujer. Carta II


Las mismas ideas expuestas en las Cartas literaria a una mujer y en la reseña crítica a La soledad de su amigo Augusto Ferrán, vuelven a aparecer en La introducción sinfónica que Bécquer compuso en junio de 1868 y que antepuso como prólogo al Libro de los gorriones (cuaderno en el que recuperó de su memoria las Rimas perdidas) En esta Introducción insiste una vez más en la radical separación entre inspiración y expresión: "Entre el mundo de la idea y de la forma existe un abismo que solo puede salvar la palabra" y vuelve a poner de manifiesto la dificultad, cuando no incapacidad, de la palabra para "vestir" a los hijos de su fantasía, para dar forma a los conceptos, en definitiva: "¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables. Os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no se avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estofa, tejida de frases exquisitas en las que os pudierais envolver con orgullo como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que hade conteneros como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. ¡Mas es imposible!. Y es esa imposibilidad de expresar lo inefable lo que conducirá a Bécquer a no pretenderla comunicar de u modo directo, porque únicamente será posible -y ahí es donde radica su hallazgo- a través de la sugerencia, de lo intuido y no dicho, de lo levemente sugerido.

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